sábado, 5 de mayo de 2012

COMPETIMOS DESDE NIÑOS, PERO COMPETIMOS BIEN

      Muchas veces nos planteamos si la competición es adecuada o no para educar a nuestros pequeños. Normalmente observamos comportamientos indeseables en los terrenos de juego, acciones sorprendentes en las que niños de 6-7-8 años reclaman a árbitros, pegan a jugadores de otros equipos, o entrenadores que chillan o insultan a sus niños o padres, o viceversa, por exceso de carácter competitivo.
     Estas acciones son un reflejo de lo que se ve por televisión de lo que ocurre en los campos profesionales. Por supuesto, es un enfoque equivocado de lo que es la competición, y nosotros, los profesionales somos los encargados de intentar cambiarlo. En palabras de Arnold (1991, págs. 80-81) dejo plasmada mi concepción de competición: la cooperación y el afán de superación.
<<Originariamente, com-petitio significaba "examinar, esforzarse juntos". Se hallaba más 
estrechamente ligado a amistad que a rivalidad. En el contexto del deporte, competición
era, y sigue siendo para muchos, una pugna por sobresalir, una forma de destacar que no
sería posible a no ser por el tipo de situación que el deporte proporciona. Para competir 
en el deporte, como se ha señalado anteriormente, primero es necesario comprende la 
actividad y aceptar someterse a las reglas que la gobiernan. Si un competidor rompe o burla 
las reglas de un modo deliberado, podemos preguntarnos seriamente si es deporte lo que hace.
La cuestión aquí es que el deporte competitivo no es, como se ha descrito a veces, una forma
desenfrenada de conflicto, sino una práctica institucionalizada y regida por reglas que trata de
regular lo que está y no está permitido a través de unas normas que son justas para todos.
Además, se halla reforzada por una serie de conveniencias sociales y códigos de conducta
de los que tradicionalmente se confía que formen parte de una competición "deportiva".
De un modo paradójico. el deporte competitivo queda mejor ejemplificado como una forma
regida por reglas de rivalidad amistosa que suponen una cooperación. La observación de Perry
(1975) según la cual "las competiciones nos exigen asumir la capacidad de cooperar para
que resulten posibles" (pág 128) es quizá especialmente cierta en lo que se refiere a las 
deportivas. Decir entonces que un juego es competitivo no significa necesariamente que 
esté ausente la cooperación entre los dos adversarios o los dos bandos; exige más bien
que se halle presente, al menos en un cierto grado, para la continuidad del deporte 
competitivo como práctica institucional.
Seguramente donde está mejor personificado el enfoque del deporte competitivo es quizá
 en el movimiento secular que se conoce como olimpismo. Destaca la ética del juego limpio 
y de la deportividad y resalta la idea de que la competición debería caracterizarse por un 
empeño honesto y una buena voluntad. Lejos de ver el deporte competitivo como inmoral y 
antisocial, lo considera como una forma de pugna que genera camaradería en un mutuo afán 
por sobresalir. Esta imagen del deporte competitivo, como ya se verá, corresponde parcialmente 
a un ideal, pero ha sido y sigue siendo una parte de la historia del deporte competitivo. El hecho 
de que este ideal se haga o no realidad como parte de la formación de un joven depende en gran 
medida, si no enteramente, del modo en que se promueva y enseñe en las escuelas el 
deporte competitivo. Lo que se rechaza, tanto sobre la base conceptual como histórica, es la 
concepción de que el deporte competitivo sea esencialmente y, por eso, necesariamente inmoral.>>

Debemos pensar una cosa:
     El deporte es como un juego de niños, si eres un tramposo ningún amiguito querrá jugar contigo. Cuida a tus rivales, sino el juego se acaba.

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